La vigésima edición del B-Side Festival se vivió como una verdadera fiesta de la música, la convivencia, la amistad y los reencuantros. Más de 25.000 personas participaron en el festival entre las diferentes actividades y conciertos, haciendo de este aniversario una cita histórica. La programación nocturna del sábado, celebrada en el recinto REMO, reunió a más de once mil almas, número que se alcanzó tras una ampliación de aforo que permitió que aún más aficionados pudieran disfrutar de los directos de sus grupos de cabecera.
Durante casi 12 horas de música, el festival combinó artistas de renombre, propuestas emergentes, espacios de diversión y medidas de accesibilidad que hicieron que todos se sintieran incluidos. La jornada dejó un ambiente vibrante, una sensación de comunidad y la certeza de que el B-Side se ha consolidado como una de las citas musicales imprescindibles del panorama nacional, capaz de unir a generaciones y a públicos diversos en torno a la música en vivo.
Durante casi 12 horas de música, el festival combinó artistas de renombre, propuestas emergentes, espacios de diversión y medidas de accesibilidad que hicieron que todos se sintieran incluidos. La jornada dejó un ambiente vibrante, una sensación de comunidad y la certeza de que el B-Side se ha consolidado como una de las citas musicales imprescindibles del panorama nacional, capaz de unir a generaciones y a públicos diversos en torno a la música en vivo.
El ambiente desde primeras horas fue contagioso. El sol brillaba sobre Molina de Segura mientras el público llegaba con ilusión y sonrisas, recorriendo los alrededores del recinto y compartiendo expectativas. No faltaban los típicos grupos de amigos ataviados con la misma camisa o con estampados de palmeras y patitos de agua, ni las despedidas de solteros y solteras que añadían un toque de color y alegría.
Familias, jóvenes y amantes de la música se mezclaban entre merchandising, primeras notas que se escuchaban de los ensayos y conversaciones sobre qué concierto no podían perderse, anticipando la emoción de una jornada que prometía ser inolvidable.
Familias, jóvenes y amantes de la música se mezclaban entre merchandising, primeras notas que se escuchaban de los ensayos y conversaciones sobre qué concierto no podían perderse, anticipando la emoción de una jornada que prometía ser inolvidable.
Besmaya abrió la jornada con un directo lleno de frescura. El dúo formado por Javi Ojanguren y Javi Echávarri dejó a un lado los tintes urbanos de sus grabaciones para volcarse en un pop rock enérgico que sorprendió por su potencia en vivo. Canciones como Tu carita, Matar la pena o Cuerda auxiliar fueron coreadas por los primeros miles de asistentes que ya abarrotaban el recinto, y un medley final redondeó un arranque que dejó claro que la noche sería larga y emocionante.
Con Pignoise llegó la primera gran descarga de nostalgia y adrenalina. Álvaro Benito, al frente de la banda desde hace casi dos décadas y con una trayectoria que lo ha llevado a recorrer los principales escenarios del país, demostró que sus canciones siguen vivas y son patrimonio de varias generaciones. Este 2025 ha sido un año especialmente activo para el grupo, presente en numerosos festivales, y en Molina de Segura se entregaron como en sus mejores tiempos. Himnos como Nada podrá salvarte, Estoy enfermo o Sigo llorando por ti hicieron cantar y saltar a todo el recinto, en un repaso a una carrera que mezcla recuerdos con pura energía actual.
El directo de Dani Fernández supuso uno de los momentos más emotivos de la noche. El manchego, que guarda un vínculo especial con la Región al ser la tierra natal de su mujer, tocó con una emoción palpable y con la sensación de estar en casa. Dani se ha ganado a pulso un lugar en la primera línea de todos los festivales nacionales, y lo demostró con un repertorio intenso y cargado de sentimiento. Desde el arranque con Joderme la vida hasta los momentos más íntimos con Solo tienes que avisar o el homenaje a Supersubmarina, el público acompañó cada palabra. El cierre con Bailemos y Me has invitado a bailar desató una euforia colectiva que dejó el ambiente preparado para el gran clímax de la noche.
Ese clímax llegó de la mano de Viva Suecia, que jugaba en casa y convirtió su concierto en el punto más alto de todo el festival. El recinto REMO tembló desde los primeros acordes de El Bien, con un público entregado que coreaba cada palabra como si fueran himnos escritos para ellos. La banda encadenó canciones que ya forman parte del repertorio imprescindible del indie-rock nacional: Los Años, Lo que somos y Lo que fuimos se sucedieron sin dar tregua, en un viaje emocional que convirtió la explanada en un coro multitudinario.
La comunión entre público y banda alcanzó uno de sus momentos más celebrados cuando Dani Fernández regresó al escenario para compartir Lo siento, desatando una oleada de emoción entre los miles de asistentes. A partir de ahí, la intensidad no dejó de crecer. Dejar la luz encendida, Dolor y gloria, Sangre, Justo cuando el mundo apriete y Amar el conflicto sonaron con una fuerza descomunal, encendiendo a un público que parecía no querer que la noche acabara nunca.
La comunión entre público y banda alcanzó uno de sus momentos más celebrados cuando Dani Fernández regresó al escenario para compartir Lo siento, desatando una oleada de emoción entre los miles de asistentes. A partir de ahí, la intensidad no dejó de crecer. Dejar la luz encendida, Dolor y gloria, Sangre, Justo cuando el mundo apriete y Amar el conflicto sonaron con una fuerza descomunal, encendiendo a un público que parecía no querer que la noche acabara nunca.
Tras retirarse brevemente, Viva Suecia regresó con un bis que ya forma parte de la memoria del festival. Primero, No hemos aprendido nada, que se convirtió en un canto colectivo. Luego, La voz del presidente, que retumbó como un himno político y emocional, y finalmente, El Bien, con el que cerraron un show que quedará en la historia del B-Side como un momento de comunión absoluta entre banda y ciudad.
Con Carlos Sadness llegó un cambio de atmósfera, un respiro entre tanta intensidad. El artista catalán desplegó su particular universo sonoro, en el que lo cotidiano se convierte en poesía pop. Alternando guitarra y ukelele, repasó temas que ya son parte de la banda sonora de toda una generación, como Chocolate y nata, Ahorita o Qué electricidad. Su conexión con el público fue cercana, casi de conversación, como si invitara a todos a entrar en su mundo colorido y personal. El recinto, tras la descarga de Viva Suecia, se balanceaba entre la calma y el entusiasmo, demostrando que también hay espacio para lo íntimo en un festival multitudinario.
Cuando llegó el turno de ELYELLA la noche viró hacia la electrónica. Su set fue un espectáculo total de luz, visuales y beats, pensado para transformar el recinto REMO en una auténtica pista de baile.
Con su mezcla de indie y electrónica, consiguieron que miles de brazos se levantaran al mismo tiempo, que los coros improvisados se mezclaran con los efectos visuales y que la madrugada se convirtiera en una celebración colectiva. Cada subida, cada drop y cada transición se vivieron como una fiesta, reafirmando por qué ELYELLA son un nombre imprescindible en la escena festivalera.
Con su mezcla de indie y electrónica, consiguieron que miles de brazos se levantaran al mismo tiempo, que los coros improvisados se mezclaran con los efectos visuales y que la madrugada se convirtiera en una celebración colectiva. Cada subida, cada drop y cada transición se vivieron como una fiesta, reafirmando por qué ELYELLA son un nombre imprescindible en la escena festivalera.
El broche final corrió a cargo de Delaporte, que firmaron un cierre vibrante y magnético. Sandra Delaporte no tardó en lanzarse al público en un gesto de entrega absoluta, mientras sonaban canciones como Un jardín, Ni un beso, Me la peguéy Tecno rico. Su directo, que combina pop, electrónica y actitud, convirtió la madrugada en un baile ininterrumpido que mantuvo al público hasta el último minuto. Con un despliegue escénico cargado de energía y una cercanía que rompió la barrera entre escenario y asistentes, el dúo madrileño puso el punto final perfecto a una noche que ya es historia del B-Side Festival.
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.