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Desde lo íntimo hasta lo épico, Beret frente al mar en El Muelle Live de Alicante.

10/6/2025

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El pasado sábado, Alicante vivió una noche especial. A orillas del Mediterráneo, bajo un cielo despejado y con el rumor del mar como telón de fondo, Beret se presentó en El Muelle Live, un nuevo espacio junto al puerto que poco a poco se está consolidando como uno de los enclaves culturales más importantes de la ciudad. No fue solo un concierto, sino una experiencia que conjugó música, emociones, juventud y una atmósfera casi mágica marcada por el inicio suave de un otoño que en la costa alicantina todavía se resiste a abandonar del todo el verano.

Desde las 20:00h, el ambiente comenzó a caldearse. Aunque el concierto estaba anunciado para las 22:00h, decenas de personas ya rondaban por el recinto un par de horas antes. La música previa pinchada desde el  escenario sirvió como una especie de precalentamiento emocional: sonaban temas que hacían bailar, moverse, relajarse. Mientras algunos se acercaban a los food trucks o se acomodaban en la zona gastro para cenar algo, otros ya buscaban un sitio con buena visibilidad frente al escenario. La luz suave del atardecer se iba fundiendo poco a poco con las primeras iluminaciones del recinto, y la expectativa crecía con cada minuto.


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Cuando finalmente Beret apareció sobre las tablas, lo hizo como suele hacerlo: sin estridencias innecesarias, pero con la fuerza de quien sabe que su lugar está ahí, frente a su gente. El público, que superaba con creces el millar de asistentes, lo recibió con un grito unánime que rompió la calma del muelle. Desde el primer acorde, quedó claro que aquella noche sería intensa.
La producción fue precisa: luces bien medidas, juego de humo y fuego en el escenario que aportaban dramatismo en los momentos clave y, sobre todo, una sincronía muy cuidada con cada transición emocional. Porque un concierto de Beret no es solo una sucesión de canciones: es una especie de montaña rusa sentimental donde las letras muchas veces cercanas al desahogo, a lo confesional, a lo que no nos atrevemos a decir, encuentran eco en cientos de gargantas que las cantan como propias.
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El repertorio fue una mezcla bien equilibrada entre sus clásicos más queridos y algunos temas más recientes. No faltó “Lo siento”, quizás su canción más emblemática, que se vivió como un auténtico clímax colectivo: fue en ese momento cuando, como por un pacto no hablado, el público alzó sus móviles encendidos, creando un mar de luces que competía en belleza con el Mediterráneo. Fue uno de esos instantes en los que todo se detiene: la música, la imagen, el silencio emocional, la conexión invisible entre artista y audiencia. Fue poderoso.

También sonaron fuerte “Si por mí fuera”, “Porfa no te vayas” y “Ojalá”, todas ellas coreadas con intensidad, como si cada una contara un pedazo de historia compartida. Es curioso cómo las canciones de Beret, muchas de ellas nacidas desde una vulnerabilidad sin filtros, logran crear comunidad. Hay algo profundamente honesto en su forma de cantar, que hace que incluso quienes no son fanáticos entregados, terminen dejándose llevar.
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Hubo pausas entre canciones, sí, pero no molestaban: servían para respirar, para dejar reposar la emoción, para prepararse para lo siguiente. Beret habló poco, pero lo suficiente para agradecer, para mirar al público y asentir como quien también se está dejando llevar por la energía de la noche. Recordó sus visitas a Alicante a la Sala The One que fue su sede  en la ciudad durante muchos años. No necesitó grandes discursos. Su voz, su música y la complicidad de todos los presentes hacían el resto.
El concierto se alargó más de hora y media, pero nadie miraba el reloj. Aquel sábado, el tiempo pareció suspenderse un poco. La brisa marina se colaba entre las notas, y el calor humano, ese que no entiende de estaciones ni de edad,  envolvía cada rincón del recinto. El público era mayoritariamente joven, pero también había caras adultas, madres con hijos, grupos de amigas, parejas, personas solas. Todos estaban ahí por una misma razón: sentir.
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Cuando las luces se apagaron por última vez y los últimos acordes se desvanecieron, quedó flotando en el aire esa sensación de plenitud que solo dejan los conciertos que realmente han tocado algo dentro. Beret no decepcionó. Fue fiel a sí mismo y a su público. Y Alicante, que ya empieza a acostumbrarse a ser parada obligatoria en las grandes giras nacionales, respondió con una entrega que habla no solo de amor por la música, sino también de una ciudad que sabe acoger, que sabe escuchar y que, cuando quiere, también sabe emocionarse como pocas.
Fue una noche para recordar. Una de esas que se cuentan, que se reviven en conversaciones, que se guardan en vídeos borrosos de móvil, pero sobre todo, en el corazón.
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Un reportaje de Loles Ureña y  Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.


PRÓXIMAMENTE EN EL MUELLE LIVE...
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