Hay mudanzas que necesitan tiempo para sentirse propias. Y hay otras que, desde el primer día, parecen haber encontrado su sitio. El Low Festival afrontaba este viernes uno de esos momentos que quedan marcados en su historia: después de quince años en Benidorm, el festival levantaba por primera vez sus escenarios en Torrevieja, estrenando el Parque Antonio Soria como nueva casa y poniendo a prueba algo mucho más importante que un recinto: su capacidad para conservar aquello que lo ha convertido en uno de los festivales más queridos del verano.
La respuesta llegó en forma de 15.000 personas. Y llegó además con una de esas condiciones que en la Costa Blanca conocemos demasiado bien. Muchísimo calor, una humedad casi pegajosa y un sol que durante buena parte de la tarde obligaba a dosificar las fuerzas. Pero el público del Low parecía haber venido preparado para todo. Sombras, agua, cerveza, abanicos, descansos estratégicos y vuelta a la pista. Porque si algo quedó claro desde las primeras horas es que el cambio de ciudad podía modificar el paisaje, pero no las ganas de festival.
Torrevieja recibía al Low con un recinto amplio, diferente al que durante tantos años fue territorio natural de los lowers, y con una organización que superó con buena nota uno de los primeros interrogantes: la logística. Los accesos resultaron fluidos y el nuevo emplazamiento permitió una circulación cómoda por el recinto. Pero había otra prueba bastante más difícil de medir: comprobar si el público sería capaz de hacer suyo este nuevo escenario. Y bastaron unas horas para entender que sí.
Porque el Low no es solamente un lugar. Es una forma de vivir la música.
La respuesta llegó en forma de 15.000 personas. Y llegó además con una de esas condiciones que en la Costa Blanca conocemos demasiado bien. Muchísimo calor, una humedad casi pegajosa y un sol que durante buena parte de la tarde obligaba a dosificar las fuerzas. Pero el público del Low parecía haber venido preparado para todo. Sombras, agua, cerveza, abanicos, descansos estratégicos y vuelta a la pista. Porque si algo quedó claro desde las primeras horas es que el cambio de ciudad podía modificar el paisaje, pero no las ganas de festival.
Torrevieja recibía al Low con un recinto amplio, diferente al que durante tantos años fue territorio natural de los lowers, y con una organización que superó con buena nota uno de los primeros interrogantes: la logística. Los accesos resultaron fluidos y el nuevo emplazamiento permitió una circulación cómoda por el recinto. Pero había otra prueba bastante más difícil de medir: comprobar si el público sería capaz de hacer suyo este nuevo escenario. Y bastaron unas horas para entender que sí.
Porque el Low no es solamente un lugar. Es una forma de vivir la música.
Desde primera hora, el Parque Antonio Soria fue llenándose de camisetas, pulseras, gafas de sol, grupos de amigos y espectadores que llegaban con la misma liturgia de siempre: descubrir bandas, reencontrarse con otras, bailar hasta donde aguanten las piernas y dejar que la noche decida por ellos.
En el Escenario 3, Perro fueron de los encargados de poner en marcha la maquinaria con esa mezcla de post-punk, krautrock y electrónica que convierte sus directos en una descarga difícil de mirar desde la distancia. Después llegarían Éxtasis, Papá Topo y Toldos Verdes, antes de que Parquesvr pusieran sobre la mesa su irreverencia y su capacidad para convertir lo ácido y lo cotidiano en canciones que funcionan especialmente bien cuando delante tienen a un público dispuesto a dejarse llevar. La Plata puso el contrapunto con su universo oscuro y shoegaze.
En el Escenario 3, Perro fueron de los encargados de poner en marcha la maquinaria con esa mezcla de post-punk, krautrock y electrónica que convierte sus directos en una descarga difícil de mirar desde la distancia. Después llegarían Éxtasis, Papá Topo y Toldos Verdes, antes de que Parquesvr pusieran sobre la mesa su irreverencia y su capacidad para convertir lo ácido y lo cotidiano en canciones que funcionan especialmente bien cuando delante tienen a un público dispuesto a dejarse llevar. La Plata puso el contrapunto con su universo oscuro y shoegaze.
En otro punto del recinto, Rufus T. Firefly demostraron una vez más que hay conciertos que no necesitan levantar una bandera para terminar dejando huella. Su psicodelia, su electrónica, sus atmósferas y ese particular modo de construir canciones envolventes encontraron en la tarde torrevejense un escenario perfecto para presentar el universo de “Todas las cosas buenas”.
Y mientras el calor comenzaba a ceder lentamente, el Low empezaba a adquirir su verdadera dimensión.
Veintiuno se encargaron de convertir el recinto en un gigantesco coro. “La Toscana”, “La Vida Moderna” o “Dopamina” dejaron de pertenecer durante unos minutos únicamente a la banda para convertirse en patrimonio colectivo de miles de gargantas. Después, Ginebras demostraron por qué siguen siendo una de las formaciones más queridas de la escena nacional. Su manera de mezclar rabia, ternura, desencanto y esperanza encontró respuesta inmediata en un público que ya estaba completamente dentro de la fiesta.
Ladilla Rusa llevaron el festival directamente al territorio de la celebración sin complejos. “Macaulay Culkin”, “Todos los días lo mismo” o “Kitt y los coches del pasado” hicieron el resto. Cuando una banda consigue que un festival entero abandone durante unos minutos cualquier intento de guardar la compostura, algo está funcionando.
Y mientras el calor comenzaba a ceder lentamente, el Low empezaba a adquirir su verdadera dimensión.
Veintiuno se encargaron de convertir el recinto en un gigantesco coro. “La Toscana”, “La Vida Moderna” o “Dopamina” dejaron de pertenecer durante unos minutos únicamente a la banda para convertirse en patrimonio colectivo de miles de gargantas. Después, Ginebras demostraron por qué siguen siendo una de las formaciones más queridas de la escena nacional. Su manera de mezclar rabia, ternura, desencanto y esperanza encontró respuesta inmediata en un público que ya estaba completamente dentro de la fiesta.
Ladilla Rusa llevaron el festival directamente al territorio de la celebración sin complejos. “Macaulay Culkin”, “Todos los días lo mismo” o “Kitt y los coches del pasado” hicieron el resto. Cuando una banda consigue que un festival entero abandone durante unos minutos cualquier intento de guardar la compostura, algo está funcionando.
Y entonces llegaron los nombres que habían convertido esta primera jornada en una de las citas más esperadas del estreno.
León Benavente demostraron que su relación con el Low sigue intacta. Su directo volvió a apoyarse en un repertorio que ya forma parte de la memoria del festival, con “Ser Brigada” y “Gloria” conviviendo con las canciones de su etapa más reciente, entre ellas “En el festín” o “La aventura”. La banda volvió a desplegar esa mezcla de intensidad, electricidad y discurso que convierte cada concierto en algo mucho más físico que una sucesión de canciones.
Después, Iván Ferreiro tomó el relevo para mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en el pasado. Su gira “Hoy x Ayer”, construida alrededor de 35 años de trayectoria, permitió recorrer una historia que comenzó con Los Piratas y que posteriormente encontró nuevos caminos en su carrera en solitario. Un concierto de memoria y presente, de canciones que ya pertenecen a varias generaciones y que, precisamente por eso, siguen teniendo capacidad para emocionar.
Y si existe un nombre que ya forma parte de la propia historia del Low, ese es Fangoria.
Alaska y Nacho Canut regresaban al festival por séptima vez y lo hicieron como quien vuelve a casa sabiendo exactamente qué espera el público. Una máquina de hits, espectáculo, baile, actitud y ese universo propio que convierte cada aparición de Fangoria en una celebración. Incluso hubo espacio para su particular versión de “El fin del mundo”, de La La Love You, incorporada recientemente a su repertorio.
Cuando parecía que la noche ya había entregado buena parte de sus argumentos, Kasabian apareció para recordar que el Low también sabe mirar hacia fuera.
Llegó el rock, la electricidad y un directo contundente que además permitió asomarse a lo que está por venir con “Act III”, el próximo capítulo de una banda que parece dispuesta a explorar territorios más psicodélicos.
Y mientras los grandes nombres iban dejando su huella, el festival seguía sucediendo en todas partes.
En el escenario ESC_, convertido en una estructura circular de 360 grados, los DJs prolongaban la fiesta. En las zonas de descanso, el público recuperaba fuerzas. En el market se buscaba ese complemento que siempre termina apareciendo en un festival. En los espacios de ocio se jugaba, se bebía, se charlaba y se esperaba el siguiente concierto.
Porque un festival no se mide únicamente por lo que ocurre encima de un escenario. También está en ese grupo que llega por primera vez, en quienes llevan quince años repitiendo ritual, en los amigos que se encuentran después de meses, en el que conoce todas las letras y en quien descubre por primera vez una banda que mañana estará buscando en Spotify.
Y ahí apareció quizá la verdadera victoria del primer Low Festival de Torrevieja. Benidorm queda atrás, inevitablemente. Hay recuerdos, escenarios, historias y muchas ediciones asociadas a aquella ciudad. Pero los festivales no viven únicamente de sus coordenadas. Viven de las personas que los hacen posibles. Y 15.000 personas fueron suficientes para demostrar que el Low ha conseguido trasladar algo mucho más difícil que sus escenarios, sus barras o sus estructuras: ha trasladado su espíritu.
Torrevieja ha pasado la primera prueba.
Con calor. Con muchísima humedad. Con miles de personas buscando un poco de sombra durante la tarde y regresando después a bailar. Con un público entusiasta, participativo y entregado a todo lo que sucedía delante de él. El Low ha cambiado de casa, pero al caer la noche ya empezaba a sentirse como si llevara allí mucho más tiempo. Y quizá esa sea la mejor noticia posible para esta nueva etapa.
Torrevieja ya tiene su Low.
León Benavente demostraron que su relación con el Low sigue intacta. Su directo volvió a apoyarse en un repertorio que ya forma parte de la memoria del festival, con “Ser Brigada” y “Gloria” conviviendo con las canciones de su etapa más reciente, entre ellas “En el festín” o “La aventura”. La banda volvió a desplegar esa mezcla de intensidad, electricidad y discurso que convierte cada concierto en algo mucho más físico que una sucesión de canciones.
Después, Iván Ferreiro tomó el relevo para mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en el pasado. Su gira “Hoy x Ayer”, construida alrededor de 35 años de trayectoria, permitió recorrer una historia que comenzó con Los Piratas y que posteriormente encontró nuevos caminos en su carrera en solitario. Un concierto de memoria y presente, de canciones que ya pertenecen a varias generaciones y que, precisamente por eso, siguen teniendo capacidad para emocionar.
Y si existe un nombre que ya forma parte de la propia historia del Low, ese es Fangoria.
Alaska y Nacho Canut regresaban al festival por séptima vez y lo hicieron como quien vuelve a casa sabiendo exactamente qué espera el público. Una máquina de hits, espectáculo, baile, actitud y ese universo propio que convierte cada aparición de Fangoria en una celebración. Incluso hubo espacio para su particular versión de “El fin del mundo”, de La La Love You, incorporada recientemente a su repertorio.
Cuando parecía que la noche ya había entregado buena parte de sus argumentos, Kasabian apareció para recordar que el Low también sabe mirar hacia fuera.
Llegó el rock, la electricidad y un directo contundente que además permitió asomarse a lo que está por venir con “Act III”, el próximo capítulo de una banda que parece dispuesta a explorar territorios más psicodélicos.
Y mientras los grandes nombres iban dejando su huella, el festival seguía sucediendo en todas partes.
En el escenario ESC_, convertido en una estructura circular de 360 grados, los DJs prolongaban la fiesta. En las zonas de descanso, el público recuperaba fuerzas. En el market se buscaba ese complemento que siempre termina apareciendo en un festival. En los espacios de ocio se jugaba, se bebía, se charlaba y se esperaba el siguiente concierto.
Porque un festival no se mide únicamente por lo que ocurre encima de un escenario. También está en ese grupo que llega por primera vez, en quienes llevan quince años repitiendo ritual, en los amigos que se encuentran después de meses, en el que conoce todas las letras y en quien descubre por primera vez una banda que mañana estará buscando en Spotify.
Y ahí apareció quizá la verdadera victoria del primer Low Festival de Torrevieja. Benidorm queda atrás, inevitablemente. Hay recuerdos, escenarios, historias y muchas ediciones asociadas a aquella ciudad. Pero los festivales no viven únicamente de sus coordenadas. Viven de las personas que los hacen posibles. Y 15.000 personas fueron suficientes para demostrar que el Low ha conseguido trasladar algo mucho más difícil que sus escenarios, sus barras o sus estructuras: ha trasladado su espíritu.
Torrevieja ha pasado la primera prueba.
Con calor. Con muchísima humedad. Con miles de personas buscando un poco de sombra durante la tarde y regresando después a bailar. Con un público entusiasta, participativo y entregado a todo lo que sucedía delante de él. El Low ha cambiado de casa, pero al caer la noche ya empezaba a sentirse como si llevara allí mucho más tiempo. Y quizá esa sea la mejor noticia posible para esta nueva etapa.
Torrevieja ya tiene su Low.
LEÓN BENAVENTE
RUFUS T. FIREFLY
ÉXTASIS
IVÁN FERREIRO
PAPA TOPO
VEINTIUNO
FANGORIA
GINEBRAS
PARQUESVR
KASABIAN
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.





