Hay festivales que necesitan varias ediciones para convencer de que un cambio de ubicación ha merecido la pena. Otros, sin embargo, apenas requieren dos jornadas para comenzar a escribir una nueva historia. El viernes sirvió para despejar las primeras incógnitas; el sábado, con el cartel de entradas agotadas y 20.000 personas llenando el Parque Antonio Soria, confirmó que el público del Low ya había hecho suyo el nuevo recinto.
No fue una jornada sencilla. Más bien todo lo contrario.
Si el estreno ya había estado marcado por las altas temperaturas, el sábado elevó todavía más la exigencia. El calor resultó asfixiante durante buena parte de la tarde y la humedad convirtió cualquier desplazamiento entre escenarios en un pequeño ejercicio de resistencia. Los abanicos no dejaron de moverse, las botellas de agua se vaciaban con rapidez y las sombras improvisadas se transformaron en uno de los bienes más cotizados del recinto. Aun así, nadie parecía dispuesto a renunciar a una sola actuación. Bastaba con que el sol comenzara a perder fuerza para que las primeras filas recuperaran toda la energía acumulada durante las horas más duras del día.
Porque el sábado era, para muchos, la gran jornada del festival.
No fue una jornada sencilla. Más bien todo lo contrario.
Si el estreno ya había estado marcado por las altas temperaturas, el sábado elevó todavía más la exigencia. El calor resultó asfixiante durante buena parte de la tarde y la humedad convirtió cualquier desplazamiento entre escenarios en un pequeño ejercicio de resistencia. Los abanicos no dejaron de moverse, las botellas de agua se vaciaban con rapidez y las sombras improvisadas se transformaron en uno de los bienes más cotizados del recinto. Aun así, nadie parecía dispuesto a renunciar a una sola actuación. Bastaba con que el sol comenzara a perder fuerza para que las primeras filas recuperaran toda la energía acumulada durante las horas más duras del día.
Porque el sábado era, para muchos, la gran jornada del festival.
Una de las primeras sensaciones al cruzar los accesos era comprobar que el recinto ya había dejado de ser un territorio desconocido. Apenas veinticuatro horas después del estreno, los lowers se movían con naturalidad entre los distintos espacios, enlazando conciertos con una fluidez que el viernes todavía estaba por descubrirse.
El nuevo diseño del Parque Antonio Soria también ayudaba a ello. El Escenario Vibra Mahou presidía el fondo del recinto como gran eje del festival, mientras ElPozo King UPP ocupaba uno de sus laterales, una disposición que recordaba al planteamiento utilizado en otros festivales organizados por Producciones Baltimore, como el Warm Up Estrella de Levante de Murcia o el Spring Festival de Alicante. Más alejado se encontraba el Escenario Radio 3, reservado principalmente para las propuestas emergentes, creando un espacio con personalidad propia para quienes buscaban descubrir nuevas bandas lejos del bullicio de los grandes cabezas de cartel. Una distribución que también facilitó notablemente el trabajo de prensa y fotógrafos, reduciendo los largos desplazamientos que durante años habían formado parte de la rutina en Benidorm y permitiendo cubrir más actuaciones con mayor comodidad.
Mientras el recinto terminaba de llenarse, el Escenario Radio 3 volvía a ejercer de escaparate para el talento emergente. Mala Gestión fue la encargada de romper el hielo con un directo cargado de descaro, energía y actitud, dejando claro desde el primer momento que la intensidad no entiende de horarios. Tras ellos llegaron la sensibilidad de pablopablo, presentando las canciones de Canciones en Mi, el pop generacional de Besmaya, las guitarras afiladas de Los Chivatos, la contundencia de Nuevos Vicios, el costumbrismo de joseluis y la atmósfera envolvente de Neverland Bari, confirmando una vez más que el escenario impulsado por Radio 3 continúa siendo uno de los grandes escaparates para descubrir el futuro de la escena nacional.
Mientras el recinto terminaba de llenarse, el Escenario Radio 3 volvía a ejercer de escaparate para el talento emergente. Mala Gestión fue la encargada de romper el hielo con un directo cargado de descaro, energía y actitud, dejando claro desde el primer momento que la intensidad no entiende de horarios. Tras ellos llegaron la sensibilidad de pablopablo, presentando las canciones de Canciones en Mi, el pop generacional de Besmaya, las guitarras afiladas de Los Chivatos, la contundencia de Nuevos Vicios, el costumbrismo de joseluis y la atmósfera envolvente de Neverland Bari, confirmando una vez más que el escenario impulsado por Radio 3 continúa siendo uno de los grandes escaparates para descubrir el futuro de la escena nacional.
Pero si hubo una actuación que elevó definitivamente la temperatura emocional del sábado, esa fue la de The Hives.
Vestidos con sus inconfundibles trajes blancos, esta vez iluminados por detalles de neón que potenciaban aún más la espectacularidad de su puesta en escena, los suecos ofrecieron una auténtica lección de cómo conquistar un escenario. Desde la primera canción quedó claro que Pelle Almqvist no entiende el concepto de quedarse quieto. Saltó, corrió, provocó al público, convirtió cada pausa en un juego de complicidad y dirigió el concierto con el carisma de quien domina el oficio después de décadas incendiando festivales por todo el mundo.
Su repertorio fue una descarga continua de rock, actitud y adrenalina, sin apenas conceder respiro a un público completamente entregado que respondió con saltos, palmas y un incesante intercambio de energía con la banda. Cada movimiento del vocalista encontraba respuesta inmediata entre las primeras filas, mientras el resto del grupo sostenía con precisión una maquinaria perfectamente engrasada.
Fue uno de esos conciertos que trascienden las canciones para convertirse en una experiencia colectiva. Uno de esos directos que recuerdan por qué The Hives siguen ocupando un lugar privilegiado entre las mejores bandas de rock en vivo del panorama internacional.
Y cuando parecía difícil mantener semejante nivel de intensidad, la noche todavía guardaba algunos de sus momentos más memorables.
La noche seguía creciendo al mismo ritmo que descendía la temperatura. Después de resistir una tarde abrasadora, el público recuperaba definitivamente las fuerzas y el Parque Antonio Soria mostraba su mejor imagen. Las barras trabajaban sin descanso, las zonas de descanso apenas daban tregua entre concierto y concierto y miles de personas transitaban con naturalidad entre escenarios. El Low ya había alcanzado ese momento en el que todo comienza a fluir de forma casi automática y en el que las canciones sustituyen definitivamente a cualquier conversación sobre el cambio de recinto.
Vestidos con sus inconfundibles trajes blancos, esta vez iluminados por detalles de neón que potenciaban aún más la espectacularidad de su puesta en escena, los suecos ofrecieron una auténtica lección de cómo conquistar un escenario. Desde la primera canción quedó claro que Pelle Almqvist no entiende el concepto de quedarse quieto. Saltó, corrió, provocó al público, convirtió cada pausa en un juego de complicidad y dirigió el concierto con el carisma de quien domina el oficio después de décadas incendiando festivales por todo el mundo.
Su repertorio fue una descarga continua de rock, actitud y adrenalina, sin apenas conceder respiro a un público completamente entregado que respondió con saltos, palmas y un incesante intercambio de energía con la banda. Cada movimiento del vocalista encontraba respuesta inmediata entre las primeras filas, mientras el resto del grupo sostenía con precisión una maquinaria perfectamente engrasada.
Fue uno de esos conciertos que trascienden las canciones para convertirse en una experiencia colectiva. Uno de esos directos que recuerdan por qué The Hives siguen ocupando un lugar privilegiado entre las mejores bandas de rock en vivo del panorama internacional.
Y cuando parecía difícil mantener semejante nivel de intensidad, la noche todavía guardaba algunos de sus momentos más memorables.
La noche seguía creciendo al mismo ritmo que descendía la temperatura. Después de resistir una tarde abrasadora, el público recuperaba definitivamente las fuerzas y el Parque Antonio Soria mostraba su mejor imagen. Las barras trabajaban sin descanso, las zonas de descanso apenas daban tregua entre concierto y concierto y miles de personas transitaban con naturalidad entre escenarios. El Low ya había alcanzado ese momento en el que todo comienza a fluir de forma casi automática y en el que las canciones sustituyen definitivamente a cualquier conversación sobre el cambio de recinto.
Era el turno de Love of Lesbian.
Hablar de la banda barcelonesa es hacerlo de uno de los grandes pilares del indie nacional de las dos últimas décadas. En plena gira de despedida antes del anunciado parón indefinido, cada actuación adquiere un significado especial, y la del sábado en Torrevieja no fue una excepción.
Santi Balmes y los suyos construyeron un concierto que fue mucho más allá de un simple repaso a su discografía. Fue un recorrido por una colección de canciones que han acompañado a varias generaciones y que el público convirtió, una vez más, en un gigantesco karaoke colectivo. Cada estribillo encontraba miles de voces esperándolo antes incluso de que sonara el primer acorde.
El espectáculo fue creciendo poco a poco hasta alcanzar uno de los momentos visualmente más impactantes de toda la jornada. Las pantallas, la iluminación y los efectos pirotécnicos terminaron de vestir un concierto que encontró en las casi veinte mil personas congregadas frente al escenario Vibra Mahou el mejor de los coros posibles. Por unos minutos, la música pareció detener el tiempo mientras el cielo de Torrevieja se iluminaba sobre un mar de brazos y teléfonos móviles inmortalizando una de las imágenes más representativas del sábado.
Hablar de la banda barcelonesa es hacerlo de uno de los grandes pilares del indie nacional de las dos últimas décadas. En plena gira de despedida antes del anunciado parón indefinido, cada actuación adquiere un significado especial, y la del sábado en Torrevieja no fue una excepción.
Santi Balmes y los suyos construyeron un concierto que fue mucho más allá de un simple repaso a su discografía. Fue un recorrido por una colección de canciones que han acompañado a varias generaciones y que el público convirtió, una vez más, en un gigantesco karaoke colectivo. Cada estribillo encontraba miles de voces esperándolo antes incluso de que sonara el primer acorde.
El espectáculo fue creciendo poco a poco hasta alcanzar uno de los momentos visualmente más impactantes de toda la jornada. Las pantallas, la iluminación y los efectos pirotécnicos terminaron de vestir un concierto que encontró en las casi veinte mil personas congregadas frente al escenario Vibra Mahou el mejor de los coros posibles. Por unos minutos, la música pareció detener el tiempo mientras el cielo de Torrevieja se iluminaba sobre un mar de brazos y teléfonos móviles inmortalizando una de las imágenes más representativas del sábado.
Mientras tanto, el otro gran escenario del recinto continuaba ofreciendo una propuesta completamente diferente.
En ElPozo King UPP, La Paloma volvió a demostrar por qué su crecimiento dentro de la escena alternativa está siendo uno de los más interesantes de los últimos años. Las canciones de Un golpe de suerte confirmaron la personalidad de una banda que combina contundencia y melodía con absoluta naturalidad.
Después llegó uno de esos conciertos que ya forman parte de la identidad del propio Low Festival.
Ojete Calor regresó dispuesto a convertir cualquier intento de guardar la compostura en una misión imposible. Carlos Areces y Aníbal Gómez volvieron a desplegar su particular universo de humor absurdo, ironía y electrónica desenfadada en un espectáculo donde la música y la parodia vuelven a caminar de la mano. Himnos como Mocatriz, Viejoven o Tonta Gilipo desataron una auténtica fiesta colectiva en la que daba exactamente igual conocer o no las canciones; bastaba con dejarse llevar por un público entregado al humor, al baile y a una propuesta que, edición tras edición, sigue encontrando en el Low uno de sus hábitats naturales.
Muy diferente fue la descarga de Ultraligera.
La banda madrileña ofreció probablemente uno de los conciertos más viscerales de la jornada. Su rock directo, sin artificios y cargado de intensidad fue creciendo hasta desembocar en una de las imágenes más comentadas del sábado, cuando Gisme, incapaz de contener la energía del momento, terminó encaramándose a una de las estructuras de la mesa de sonido para interpretar los últimos compases del concierto rodeado por la ovación del público. Una escena tan espontánea como simbólica del espíritu que respiraba el festival.
Hubo también espacio para la nostalgia con Cycle, una formación que hace ya dos décadas revolucionó la escena nacional mezclando electrónica, rock y actitud. Su regreso permitió reencontrarse con canciones que siguen funcionando con la misma eficacia que cuando comenzaron a sonar en las pistas de baile de medio país.
Mientras los escenarios principales concentraban buena parte de la atención, el festival continuaba latiendo en cada rincón del recinto.
En ElPozo King UPP, La Paloma volvió a demostrar por qué su crecimiento dentro de la escena alternativa está siendo uno de los más interesantes de los últimos años. Las canciones de Un golpe de suerte confirmaron la personalidad de una banda que combina contundencia y melodía con absoluta naturalidad.
Después llegó uno de esos conciertos que ya forman parte de la identidad del propio Low Festival.
Ojete Calor regresó dispuesto a convertir cualquier intento de guardar la compostura en una misión imposible. Carlos Areces y Aníbal Gómez volvieron a desplegar su particular universo de humor absurdo, ironía y electrónica desenfadada en un espectáculo donde la música y la parodia vuelven a caminar de la mano. Himnos como Mocatriz, Viejoven o Tonta Gilipo desataron una auténtica fiesta colectiva en la que daba exactamente igual conocer o no las canciones; bastaba con dejarse llevar por un público entregado al humor, al baile y a una propuesta que, edición tras edición, sigue encontrando en el Low uno de sus hábitats naturales.
Muy diferente fue la descarga de Ultraligera.
La banda madrileña ofreció probablemente uno de los conciertos más viscerales de la jornada. Su rock directo, sin artificios y cargado de intensidad fue creciendo hasta desembocar en una de las imágenes más comentadas del sábado, cuando Gisme, incapaz de contener la energía del momento, terminó encaramándose a una de las estructuras de la mesa de sonido para interpretar los últimos compases del concierto rodeado por la ovación del público. Una escena tan espontánea como simbólica del espíritu que respiraba el festival.
Hubo también espacio para la nostalgia con Cycle, una formación que hace ya dos décadas revolucionó la escena nacional mezclando electrónica, rock y actitud. Su regreso permitió reencontrarse con canciones que siguen funcionando con la misma eficacia que cuando comenzaron a sonar en las pistas de baile de medio país.
Mientras los escenarios principales concentraban buena parte de la atención, el festival continuaba latiendo en cada rincón del recinto.
El escenario ESC_ volvió a convertirse en refugio para quienes entendían el festival como una celebración ininterrumpida. Las sesiones de Black Tag DJs, Blitzmix, Bailamamá, Nando Costa, Bita, Bea Miau, Isaac Corrales, Me L Rows, Los Primos y Orojondo mantuvieron la música sonando prácticamente sin descanso, enlazando conciertos con sesiones que impedían que el ritmo decayera en ningún momento.
Al mismo tiempo, Radio 3 volvía a llevar el festival a miles de hogares con su retransmisión en directo, mientras las zonas de ocio, el market, la terraza de Ballantine's True Music y los espacios repartidos por el recinto seguían demostrando que un festival también se construye en los momentos que transcurren entre escenario y escenario.
Y entonces llegó el momento de bajar ligeramente las revoluciones sin perder un ápice de intensidad.
Los británicos Editors fueron los encargados de cerrar la segunda jornada en el escenario Vibra Mahou con uno de esos conciertos elegantes, sobrios y profundamente hipnóticos que han convertido a la banda de Birmingham en uno de los grandes referentes del rock alternativo europeo. Tom Smith volvió a demostrar el enorme magnetismo que posee sobre un escenario, alternando la oscuridad de sus primeras composiciones con la electrónica que ha ido definiendo sus trabajos más recientes. El público recibió además un adelanto del inminente Surface, Echo & Sound, confirmando que la formación continúa mirando hacia adelante sin renunciar a una identidad perfectamente reconocible.
Al mismo tiempo, Radio 3 volvía a llevar el festival a miles de hogares con su retransmisión en directo, mientras las zonas de ocio, el market, la terraza de Ballantine's True Music y los espacios repartidos por el recinto seguían demostrando que un festival también se construye en los momentos que transcurren entre escenario y escenario.
Y entonces llegó el momento de bajar ligeramente las revoluciones sin perder un ápice de intensidad.
Los británicos Editors fueron los encargados de cerrar la segunda jornada en el escenario Vibra Mahou con uno de esos conciertos elegantes, sobrios y profundamente hipnóticos que han convertido a la banda de Birmingham en uno de los grandes referentes del rock alternativo europeo. Tom Smith volvió a demostrar el enorme magnetismo que posee sobre un escenario, alternando la oscuridad de sus primeras composiciones con la electrónica que ha ido definiendo sus trabajos más recientes. El público recibió además un adelanto del inminente Surface, Echo & Sound, confirmando que la formación continúa mirando hacia adelante sin renunciar a una identidad perfectamente reconocible.
Cuando las últimas luces comenzaron a apagarse, nadie parecía tener prisa por abandonar el recinto.
La segunda jornada había dejado mucho más que una colección de grandes conciertos. Había demostrado que el Low Festival seguía conservando intacta su capacidad para reunir a miles de personas alrededor de la música, incluso en una de las jornadas más sofocantes que se recuerdan. El calor puso a prueba la resistencia del público durante horas, pero no consiguió rebajar el entusiasmo de unos lowers que volvieron a responder con esa mezcla de fidelidad y curiosidad que ha acompañado al festival desde sus primeras ediciones.
El estreno en Torrevieja todavía tenía un último capítulo por escribir. Pero si el viernes había servido para descubrir una nueva casa, el sábado confirmó que el festival empezaba a encontrar en ella su lugar. Quedaba el broche final del domingo. Sin embargo, a esas alturas del fin de semana, la conversación ya no giraba en torno al cambio de ciudad, sino a los conciertos, a las canciones y a los momentos compartidos. Y probablemente esa fuera la mejor señal de que el Low seguía siendo, por encima de cualquier escenario o coordenada, el Low.
La segunda jornada había dejado mucho más que una colección de grandes conciertos. Había demostrado que el Low Festival seguía conservando intacta su capacidad para reunir a miles de personas alrededor de la música, incluso en una de las jornadas más sofocantes que se recuerdan. El calor puso a prueba la resistencia del público durante horas, pero no consiguió rebajar el entusiasmo de unos lowers que volvieron a responder con esa mezcla de fidelidad y curiosidad que ha acompañado al festival desde sus primeras ediciones.
El estreno en Torrevieja todavía tenía un último capítulo por escribir. Pero si el viernes había servido para descubrir una nueva casa, el sábado confirmó que el festival empezaba a encontrar en ella su lugar. Quedaba el broche final del domingo. Sin embargo, a esas alturas del fin de semana, la conversación ya no giraba en torno al cambio de ciudad, sino a los conciertos, a las canciones y a los momentos compartidos. Y probablemente esa fuera la mejor señal de que el Low seguía siendo, por encima de cualquier escenario o coordenada, el Low.
MALA GESTIÓN
ALCALÁ NORTE
LA PALOMA
THE HIVES
OJETE CALOR
LOVE OF LESBIAN
ULTRALIGERA
EDITORS
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.





















