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La banda Sabinera y una última noche de canciones para cerrar el festival Noches Mágicas 2026.

8/10/2026

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 Había una manera especialmente apropiada de poner el punto final a Noches Mágicas 2026: hacerlo con las canciones de Joaquín Sabina. Después de varias semanas de conciertos, encuentros y noches de verano en los Jardines de Abril de Sant Joan d'Alacant, La Banda Sabinera fue la encargada de cerrar una nueva edición del festival y lo hizo llevando hasta el escenario algo mucho más cercano a la esencia de aquellas canciones que a la simple idea de un homenaje.

​ Sobre las tablas estaban músicos que conocen de primera mano el universo de Sabina y que, durante buena parte de la noche, fueron capaces de recorrer algunas de sus composiciones más conocidas para, después, ceder el protagonismo a quienes se encontraban al otro lado del escenario.


Porque la propuesta tenía una segunda parte que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes atractivos de la noche: varios voluntarios salidos del propio público tendrían la oportunidad de subir a cantar su canción favorita de Sabina acompañados por la banda. Una idea que al principio provocó más de una mirada de incredulidad y bastante timidez entre los asistentes, pero que poco a poco fue ganando adeptos hasta convertir el escenario en una prolongación de las propias butacas. Y entre unas cosas y otras, entre canciones, bromas, palmas y mucha complicidad, la noche fue construyendo una de esas historias que explican por qué un concierto puede ser mucho más que una sucesión de canciones.
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La Banda Sabinera comenzó a dibujar ese paisaje con Cerrado por derribo, en un arranque de voz y guitarra con cierto aire aflamencado que fue creciendo progresivamente cuando el bajo entró en escena y llevó la canción hacia ritmos más acelerados. Desde los primeros compases se podía comprobar que no estábamos ante una banda que necesitara disfrazarse de Sabina, sino ante músicos que conocen perfectamente el terreno que pisan y que pueden permitirse interpretar esas canciones desde su propia personalidad. Antonio García de Diego, Mara Barros, Nacho Ruiz, Laura Gómez Palma y Paco Beneyto fueron desgranando el repertorio mientras se presentaban y explicaban al público cómo iba a desarrollarse el espectáculo, creando desde el principio una relación muy directa con quienes habían acudido a despedir el festival.

La primera parte avanzó así entre canciones que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones, con los músicos entrando y saliendo de los distintos registros que exige el repertorio sabinero y manteniendo entre tema y tema ese carácter dicharachero que acabaría convirtiéndose en uno de los ingredientes fundamentales de la velada. Pero si algo tenía aquella noche era la capacidad de sorprender y, cuando llegó el momento de que fueran los espectadores quienes tomaran el relevo, las primeras reacciones fueron precisamente las esperadas: cierta incredulidad, alguna sonrisa nerviosa y bastante prudencia. No todos los días se tiene delante un micrófono para cantar a Sabina acompañado por una banda de músicos profesionales y con todo un auditorio pendiente de cada palabra.

Sin embargo, poco a poco comenzaron a aparecer los valientes. La invitación estaba hecha y hasta hubo una advertencia lanzada con humor desde el escenario: las niñas con lentejuelas y bombín tenían prioridad. 
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A ritmo de palmas llegó después Cuando era más joven, interpretada esta vez por el teclista de la banda, mientras el ambiente continuaba creciendo y el público se iba entregando cada vez más a una propuesta en la que la distancia entre escenario y patio de butacas prácticamente había desaparecido. Y si amanece por fin ayudó a que la noche entrara definitivamente en calor y, entre una canción y otra, los músicos siguieron demostrando que además de conocer perfectamente el repertorio saben manejar los tiempos de un espectáculo y, sobre todo, conversar con un público que ya estaba completamente metido en la dinámica.

Con Conductores Suicidas llegó incluso una inesperada clase de inglés que arrancó las sonrisas y la participación general con aquel particular "uan, tu, zri, for, faiv, six, seven, eit, nait, ten", una de esas pequeñas situaciones que no aparecen en ningún repertorio oficial pero que terminan formando parte de la memoria de un concierto.

​ Y es precisamente en esos momentos donde se entiende la naturaleza de la propuesta: las canciones de Sabina sirven como punto de partida, pero lo que sucede alrededor de ellas es lo que convierte la noche en algo irrepetible.
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Porque también hubo espacio para la emoción. Una estupenda interpretación de Peces de ciudad consiguió que el ambiente cambiara por completo y dejó al público con el corazón encogido, recordando que detrás del humor, de las bromas y de la participación existe un repertorio capaz de tocar fibras muy profundas. Poco después, ¿Quién me ha robado el mes de abril? volvió a llevarnos a ese territorio tan reconocible de Sabina, donde las historias aparentemente particulares terminan siendo capaces de reconocerse como propias.

Y entonces llegó uno de los momentos más especiales de la noche. La pequeña India subió al escenario acompañada por su madre para interpretar Y sin embargo, protagonizando una escena que resumía de alguna manera el espíritu de toda la velada. Una canción de Sabina pasando de una generación a otra, compartida entre una madre y su hija y cantada ante un público que asistía a un instante mucho más íntimo de lo que cabría esperar en un concierto. Al terminar, los miembros de la banda firmaron los bombines de La pequeña India, poniendo la guinda a una escena que seguramente quedará guardada durante mucho tiempo en la memoria de quienes tuvieron la suerte de contemplarla.

Y quizá ahí estuvo la verdadera magia de aquella última noche. No tanto en recuperar una colección de grandes canciones de Joaquín Sabina, que también, sino en comprobar cómo esas canciones siguen teniendo la capacidad de unir a personas diferentes, de hacer que alguien pierda la vergüenza y se suba a un escenario, de provocar una carcajada con una clase de inglés improvisada y, apenas unos minutos después, conseguir que todo un recinto permanezca en silencio escuchando Peces de ciudad.

​La Banda Sabinera fue dejando que el público entrara poco a poco en su universo hasta conseguir que al final ya no existiera una frontera clara entre quienes estaban sobre el escenario y quienes habían acudido simplemente a escuchar.
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Así se despidió Noches Mágicas 2026, con los Jardines de Abril convertidos durante unas horas en una enorme reunión alrededor de las canciones de Sabina y con La Banda Sabinera demostrando que su mejor homenaje no consiste únicamente en reproducir aquellas composiciones, sino en mantenerlas vivas, permitir que continúen pasando de unas voces a otras y dejar que cada generación encuentre en ellas su propia historia.

Joaquín Sabina no estaba allí, pero resultaba difícil echarlo de menos. Estaba en las guitarras, en las voces, en las palmas, en las risas y en las lágrimas contenidas; estaba en quienes se atrevieron a subir al escenario y en quienes cantaban desde sus asientos, en los músicos que conocen desde dentro esas canciones y en una niña que, acompañada por su madre, cantó Y sin embargo mientras veía cómo aquellos músicos le firmaban su bombín. Estaba, en definitiva, en todo aquello que ocurre cuando una canción deja de pertenecer únicamente a quien la escribió y pasa a formar parte de la vida de quien la escucha.
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Y así, entre canciones sabineras, voluntarios improvisados, bombines, palmas y mucha complicidad, Noches Mágicas bajó el telón de su edición 2026. Lo hizo de la mejor manera posible: dejando que fueran las propias canciones las que hablaran y recordándonos que algunas noches, como algunas canciones, están hechas para quedarse mucho más tiempo del que dura el último acorde.
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Un reportaje de Loles Ureña, Julia Ruiz y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.
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