Aquella noche del sábado 22 de noviembre, bajo un cielo templado del Puerto de Alicante, las puertas de la nueva Sala Baltimore Live se abrieron para acoger su bautismo de fuego. Con cerca de las 800 almas aguardando ansiosas, la sala, recién estrenada en la zona de Marmarela, brillaba con el aroma metálico del escenario y el murmullo expectante del público.
Era el momento: León Benavente había sido elegida para poner el primer latido musical en este espacio de promesa, cómodo, accesible, con aparcamiento justo frente a la entrada y con una ambición clara de ser epicentro de grandes citas.
A las nueve en punto, cayó el telón imaginario de los focos y la banda irrumpió con una energía demoledora. Abraham Boba, al frente con esa voz grave y envolvente, comandó un directo rotundo, como suele ser habitual en sus conciertos, dándole a la sala ese brillo contundente con el que habían sido anunciados. La barra bullía, con cervezas y refrescos fluyendo para acompañar un momento histórico; el estreno de una sala que ya se intuye destinada a grandes cosas.
Era el momento: León Benavente había sido elegida para poner el primer latido musical en este espacio de promesa, cómodo, accesible, con aparcamiento justo frente a la entrada y con una ambición clara de ser epicentro de grandes citas.
A las nueve en punto, cayó el telón imaginario de los focos y la banda irrumpió con una energía demoledora. Abraham Boba, al frente con esa voz grave y envolvente, comandó un directo rotundo, como suele ser habitual en sus conciertos, dándole a la sala ese brillo contundente con el que habían sido anunciados. La barra bullía, con cervezas y refrescos fluyendo para acompañar un momento histórico; el estreno de una sala que ya se intuye destinada a grandes cosas.
Desde el primer compás, la atmósfera se convirtió en catarsis. Sonaron “Úsame/Tírame”, “A la Moda” y “NADA”, tres canciones que el público recibió con vítores, saltos y puños al aire. Fue como si la banda no solo interpretara, sino celebrara junto a la gente. De inmediato, llegaron “No hay miedo” y “Amo”, temas que evidencian el pulso poético y el filo emocional de su último trabajo, Nueva Sinfonía sobre el Caos (2024): canciones cargadas de reflexión que rompían y reconectaban con la intensidad del directo.
En medio del fragor de la noche, “Como la piedra que flota” emergió como un momento casi íntimo: pese al volumen, quien la conocía se permitió un instante para absorber cada palabra, cada giro melódico. Después, con “Ánimo Valiente” se levantó una marea de complicidad; el público coreaba, se fundía con la voz de Abraham. Y entonces apareció “La Ribera”, uno de esos himnos que no necesitan presentación, una canción para gritar juntos, su belleza se multiplicaba en la emoción colectiva.
En medio del fragor de la noche, “Como la piedra que flota” emergió como un momento casi íntimo: pese al volumen, quien la conocía se permitió un instante para absorber cada palabra, cada giro melódico. Después, con “Ánimo Valiente” se levantó una marea de complicidad; el público coreaba, se fundía con la voz de Abraham. Y entonces apareció “La Ribera”, uno de esos himnos que no necesitan presentación, una canción para gritar juntos, su belleza se multiplicaba en la emoción colectiva.
“La Canción del Daño” trajo de nuevo la melancolía, pero no para quedarnos en ella, “Gerry” se sucedió con su ritmo más pausado, como un respiro estratégico antes de encadenar “La Habitación 615”. Esa canción, tan cargada de simbolismo y atmósfera, dejó un poso potente; el escenario parecía oscuro, como si los focos solo iluminaran el mundo interior de la banda y del público.
“California” rompió ese instante de recogimiento con un impulso más luminoso, seguida por “Baile Existencial”; un baile no solo de cuerpo, sino de idea, de vértigo existencial convertido en ritmo. “Mítico” elevó la energía, y con “Su Verso” llegó uno de los momentos más poéticos, casi de confesión. Abraham, con su verbo punzante, dibujaba versos que parecían acariciar el aire.
Cuando la noche avanzaba, vino “Tipo D” y “Qué Cruel”, dos joyas intensas que pusieron la guinda emocional antes de los bises. El público ya no solo era espectador: era parte de la banda, parte de la sinfonía que estaba construyéndose en esos segundos.
“California” rompió ese instante de recogimiento con un impulso más luminoso, seguida por “Baile Existencial”; un baile no solo de cuerpo, sino de idea, de vértigo existencial convertido en ritmo. “Mítico” elevó la energía, y con “Su Verso” llegó uno de los momentos más poéticos, casi de confesión. Abraham, con su verbo punzante, dibujaba versos que parecían acariciar el aire.
Cuando la noche avanzaba, vino “Tipo D” y “Qué Cruel”, dos joyas intensas que pusieron la guinda emocional antes de los bises. El público ya no solo era espectador: era parte de la banda, parte de la sinfonía que estaba construyéndose en esos segundos.
En la recta final del concierto con todos los astros aliados entorno a los "leones", desataron un torrente de himnos en forma de bis: “La Aventura” abrió la avalancha, seguida por “Ser Brigada”, “En el Festín” y “Gloria”, donde se palpitaba un sentimiento casi de júbilo. Para cerrar, “Ayer Salí” se convirtió en un broche poético, enérgico y necesario, como un abrazo final antes de despedirse.
La noche del sábado, la Sala Baltimore Live no fue solo un recinto más: se transformó en un crisol de emociones. León Benavente, con su entrega total, le puso elegancia, corazón y contundencia a su apertura, devolviendo al público algo más que un concierto; una experiencia.Los clásicos y los nuevos temas se mezclaron con una naturalidad pasmosa “NADA” junto a “La Ribera”, “Mítico” con “Ser Brigada”, demostrando que su última obra (Nueva Sinfonía sobre el Caos) no es solo un disco, sino una continuación lógica y potente de su viaje artístico.
La noche del sábado, la Sala Baltimore Live no fue solo un recinto más: se transformó en un crisol de emociones. León Benavente, con su entrega total, le puso elegancia, corazón y contundencia a su apertura, devolviendo al público algo más que un concierto; una experiencia.Los clásicos y los nuevos temas se mezclaron con una naturalidad pasmosa “NADA” junto a “La Ribera”, “Mítico” con “Ser Brigada”, demostrando que su última obra (Nueva Sinfonía sobre el Caos) no es solo un disco, sino una continuación lógica y potente de su viaje artístico.
Y así, con guitarras reverberando, voces vibrando y un público entregado hasta la última nota, la nueva sala tuvo su presentación por todo lo alto. León Benavente se despidió con gratitud visible, dejando en el aire una promesa; este espacio va a marcar un antes y un después en la escena de la música en directo en Alicante. Si su primer concierto fue así de intenso, está claro que la Baltimore Live ha nacido para brillar.
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.
Próximamente en Baltimore Live...
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