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Joaquín Sabina guardó un último vals para Alicante.

7/11/2025

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La Plaza de Toros de Alicante colgó el cartel de “sold out” para despedir a Joaquín Sabina en su gira “Hola y Adiós”. Personas de todas las generaciones llegaron de cada rincón de Alicante y provincias cercanas, sin querer perderse la última noche junto al maestro ubetense.
Medio siglo atrás, cuando tocaba en pubs londinenses, Sabina comenzó a forjar una leyenda que nos rozó el alma y el corazón para siempre. Anoche, ese entrañable canalla nos susurró de nuevo que el amor, cuando no muere, mata; que la alegría, el dolor y la belleza se esconden en el humo de un bar, en el primer cigarrillo de la mañana o frente a una sucursal del banco Hispano Americano .
Fue un viaje por nuestra propia vida, tejida con sus canciones.
“Nunca olvidaremos guardar un último vals para ti. Gracias por todo y por tanto, maestro.
​Tu voz seguirá sonando en cada rincón donde haya un soñador dispuesto a escuchar”.

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La Plaza de Toros de Alicante empezó a llenarse a las ocho de la tarde, cuando el sol aún no se atrevía a esconderse, los bombines “sabineros” y las camisetas negras con versos que han marcado generaciones iban llenando el recinto. Era la primera de las dos citas que el artista tiene con la ciudad, el ambiente olía a emoción contenida. Antes de “negarlo todo”, y mucho antes de que la noche alcanzara su punto más álgido, la velada comenzó con la proyección del video de El último vals. Con los últimos acordes aun flotando en el aire, Sabina subió al escenario, lo que desató un largo aplauso, hondo y merecido, como quien abraza a un viejo amigo que vuelve de un largo viaje. Los músicos ya habían tomado sus posiciones, cada instrumento encontraba su sitio, cada nota un lugar en el aire, y por fin se escuchó su voz: esa tan rasgada, tan vivida, que no canta, sino que cuenta y desgarra fueron como lágrimas de mármol que caían lentas, pero firmes, sobre todos los que sabían que esta sería la última vez… y aún así, soñaban con que no lo fuera.
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Sonó Mentiras piadosas y la noche empezó a abrir sus viejas heridas con la dulzura de quien ya no guarda rencor, y Ahora que... Luego llegaron Calle Melancolía y Diecinueve días y quinientas noches, como si el pasado regresara a ocupar su sitio sin pedir permiso, y cada verso doliera un poco más por lo vivido y por lo perdido. Porque… ¿quién no ha dormido en ese número 7 de la calle Melancolía alguna vez? ¿Quién no ha buscado a alguien que se fue “sin decir adiós”? ¿A quién no le han robado el mes de abril algún año? fue un suspiro colectivo, una pregunta que resonó en cada rincón de la plaza, seguida de Más de cien mentiras, que ya no eran solo canciones, sino recuerdos compartidos cantados a coro por miles de gargantas. Fue entonces cuando llegó el turno de presentar a la familia con la que Joaquín va diciendo Hola y adiós por todas las ciudades en las que ha dejado su huella a lo largo del último medio siglo. Jaime Asúa, María Barros, Laura Gómez Palma, Pedro Barceló, Borja Montenegro, Josemi Sagaste y Antonio García de Diego son los que suben con él al escenario, detrás otra gran familia de staff y técnicos haciendo que sean mágicas estas veladas.
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​En uno de esos gestos que sólo se permiten los que saben compartir el escenario con generosidad, Sabina dejó a “su Marita Barros”, como él la llamó, con cariño y complicidad, para sonar Camas vacías. La voz deMara llenó el aire con una delicadeza que desarmaba, como si recogiera los ecos del maestro y los convirtiera en ternura. Después fue Jaime Asúa quien tomó el relevo con Pacto entre caballeros, como si aquel encontronazo nocturno aún tuviera cuentas pendientes con la ciudad. Y entonces, Sabina volvió o alguien que “se parece mucho al Sabina ese que canta”, y lo hizo por la puerta de la memoria: Donde habita el olvido, Peces de ciudad… canciones que no envejecen, que sólo se hacen más profundas. Cambió de lugar, dejó su taburete y se acomodó en una mesa. Y allí, desde esa esquina imaginaria, le cantó una vez más a Magdalena, la que siempre le hizo la vida imposible… y el repertorio inolvidable.
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El Boulevard de los sueños rotos apareció como un suspiro, con esa melancolía que sólo pueden cargar los que han vivido mucho y han amado aún más. La canción nació de una conversación con Chavela Vargas. Joaquín no olvida nunca, ni deja que lo olvidemos, que tuvo el privilegio de podérsela cantar cara a cara, con la admiración intacta y los nervios de quien canta ante un mito. Entre el público estaban Ana, Yeyes hermana de Manzanares, su sobrina Yeyitas, tres miembros de la familia de toreros alicantinos Manzanares a la que Joaquín le tiene un cariño profundo, y a quienes dedicó este tema. Fue entonces cuando Marita volvió a coger el micro, esta vez para empezar con la copla. Y juntos, como hacen siempre en cada concierto, cantaron Y sin embargo te quiero, esa joya que Concha Piquer inmortalizó y que aquí sonó como si el tiempo se hubiera detenido. Después llegaron Noches de boda y Y nos dieron las diez, y como dice esta última canción: “ojalá volvamos a vernos…” … ojalá, ojalá. 
Fue justo en ese instante que se despidieron todos, pero se notaba en el aire que querían más, tanto arriba como bajo del escenario, y que faltaban temas por sonar, temas que de una u otra forma han sido la banda sonora de las vidas de las miles de almas que abarrotaban la plaza.

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​Volvieron al escenario y fue Antonio García de Diego quien interpretó La canción más hermosa del mundo, acariciando el alma y que terminó con Joaquín volviendo a las tablas para sentarse y cantar Ni tan joven ni tan viejo. “Y no soy ni tan joven ni tan viejo, ni tan bueno ni tan malo, ni tan alto ni tan bajo…”, susurró con una voz más que rasgada, rota por la vida, pero a la vez llena de vida y cargada de verdad.
La noche de ayer, para él, era también el cumplimiento de un sueño, porque, como ya había adelantado, su ilusión era tocar en una Plaza de Toros, y además, cerca del mar. No dejó de agradecer a su fiel público “los maravillosos coros alicantinos que lo acompañaron durante toda la noche”. Sabina comentó que hasta aquí el “Hola” y que ahora llegaba el “Adiós”. Y ese adiós fue un momento agridulce que sonó en dos canciones: primero, Contigo, y después, con el público puesto en pie, bailando y cantando, Princesa, que cerró la noche con la energía y el amor que sólo un maestro de los escenarios puede despertar.
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Lo echaron de los bares que usaba de oficina,
pero Sabina se guardaba el último vals,
​que nos brindó el jueves en Alicante.
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Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.
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