La Sala Stereo de Alicante volvió a demostrar el pasado viernes por qué siga siendo, décadas después, una de las sales más emblemáticas de la provincia. En un tiempo en el que muchos templos del directo han ido cayendo, la sala del centro de la ciudad resistencia como punto de encuentro para bandas emergentes, público fiel y noches en las que el rock se sigue vivo a quemarropa. En esta ocasión, el cartel reúne a Martiz y Siempre Tigre, dos propuestas de la zona que están construyendo su propio camino dentro del indie y el rock alternativo.
Martiz fueron los primeros en salir a escena, encabezando una noche que jugaba en casa. La banda de Crevillent, con Daniel Martínez al frente, llegaba a Stereo en plena nueva etapa, presentando los adelantos de su máximo disco “Hasta que el cuerpo reviente”. Y lo hicieron, literalmente, contra todo pronóstico: desde el arreglo del concierto uno de los guitarristas tuvo que lidiar con una cuerda rota, pero lejos de aguar la fiesta, la incidencia se convivió en anécdota y en prueba de oficina. Ni se detuvo el show ni decaído la intensidad; al contrario, la banda tiró de tablas, ajustó sobre la marcha y convirtió el pequeño contrato en gasolina para un directo aún más crudo.
El set de Martiz estuvo plantado como un viaje por su discografía reciente, con especial protagonismo para los nuevos temas. “¡Que no quiero volver!” sonó pronto, directa y compacta, confirmando en vivo esa vena más rockera y urgente que el grupo está explorando: apenas unos minutos de canción bastaron para encender al público y marcar el tono. “Mil lunas” y “El origen” apuntaron la parte más sombría y atmosfera, con esas guitarras densas y letras que miran hasta dentro, mientras “No vivo para ti” y “Me equivoqué” jugaron la baza emocional, moviéndose entre el desamor, la culpa y la necesidad de seguir adelante.
El set de Martiz estuvo plantado como un viaje por su discografía reciente, con especial protagonismo para los nuevos temas. “¡Que no quiero volver!” sonó pronto, directa y compacta, confirmando en vivo esa vena más rockera y urgente que el grupo está explorando: apenas unos minutos de canción bastaron para encender al público y marcar el tono. “Mil lunas” y “El origen” apuntaron la parte más sombría y atmosfera, con esas guitarras densas y letras que miran hasta dentro, mientras “No vivo para ti” y “Me equivoqué” jugaron la baza emocional, moviéndose entre el desamor, la culpa y la necesidad de seguir adelante.
En el tramo central, “Hemos sufrido tanto” y “Noche culpable” consolidaron la dualidad de Martiz: intensidad lírica por un lado, energía guitarra por otro. La banda se mueve cómoda en esa frontera entre la melancolía y el estallido de volumen, dejando espacio para que cada estribillo se quede dando luces en la cabeza, no pueden evitar esos rifss de guitarra que llevan en su ADN particular. ¡Y que bien les sientan!.
“Arde la Riviera” y “Quiéreme fuerte” apuntaron el punto más físico del repertorio, los momentos en los que la sala se convirtió en un pequeño hervidero de saltos, pogos suaviza y coreos a media voz.
“Arde la Riviera” y “Quiéreme fuerte” apuntaron el punto más físico del repertorio, los momentos en los que la sala se convirtió en un pequeño hervidero de saltos, pogos suaviza y coreos a media voz.
El final del concierto llegó con una recta final pensada para dejar huella. “Tu nombre es mi guerra” explotó toda la carga dramática del grupo, con Daniel levándose las canciones al límite de la garganta, y “Hasta que el cuerpo reviente” puso el broche como declaración de intenciones de esta nueva etapa: ritmo más rápido, guitarras más afiladas y un estribillo pensado para ser gritado con puño en alto. Martiz demostró que su paso del indie más poético a un perfil más rockero no es un giro impostado, sino un crecimiento natural, reforzado por un directo sólido y por una banda que, incluso con una curva rota, sabe mantenerse en pie y mirar hacia adelante.
Tras el cambio de backline, la noche dio un giro estético y sonoro con la salida a escena de Siempre Tigre. Lo hicieron creando su imaginario: pasamontañas, actitud y un punto gamberro que conecta de inmediato con el público. Debajo de la teatralidad hay, sin embargo, un poder trío de rock moderno con las ideas muy claras: canciones cortas, estribillos contundentes y ese equilibrio entre la crudeza de las guitarras y melodías que se quedan pegadas al primer golpe de oído.
Abrieron con “Ben Affleck”, y bastaron unos segundos de riff para entender por qué el grupo se presenta como una apuesta fresca dentro del rock estatal. El tema, con su guía cinematográfico y su vena provocadora, fue la carta de presentación perfecta: ritmo alto, letra directa y la sensación de que aquí se ha visto a pasar bien, sin pedir permiso. Con “Hasta que salga el sol” mantuvieron ese pulso nocturno, entre la euforia de madrugada y las decisiones que se toman cuando ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.
Abrieron con “Ben Affleck”, y bastaron unos segundos de riff para entender por qué el grupo se presenta como una apuesta fresca dentro del rock estatal. El tema, con su guía cinematográfico y su vena provocadora, fue la carta de presentación perfecta: ritmo alto, letra directa y la sensación de que aquí se ha visto a pasar bien, sin pedir permiso. Con “Hasta que salga el sol” mantuvieron ese pulso nocturno, entre la euforia de madrugada y las decisiones que se toman cuando ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.
“Dime a la cara”, que sirvió para desenmascarse, llevó el concierto a un terreno más confrontativo, con un tono casi de ajuste de cuentas que el público reconoció encantado, mientas que “PNVAH” (abreviatura de “Para no volver a hablarte”) mostró la faceta más emocional y melancólica del EP. En directo, el tema gana en intensidad, sosteniéndose sobre una base solida y unas guitarras que saben cuando contenerse y cuando dejar caer a plomo.
En la segunda mitad del set, Siempre Tigre sacrificó módulo de poder trío. “Un Futuro Interminable/Toro” y “Loser” se movieron entre el rock de estado en miniatura y el desesperado juvenil, con cambios de intensidad que mantuvieron a la sala enganchada. Con “Miénteme” recuperado su cara más nocturna y directa, esa en la que la voz se desliza entre el deseo y el vértigo emocional, y “FM” fue uno de los momentos más famosos de la noche: una canción que suena a coco, a neón ya rave improvisada, ideal para levantar manos y camas a la vez.
En la segunda mitad del set, Siempre Tigre sacrificó módulo de poder trío. “Un Futuro Interminable/Toro” y “Loser” se movieron entre el rock de estado en miniatura y el desesperado juvenil, con cambios de intensidad que mantuvieron a la sala enganchada. Con “Miénteme” recuperado su cara más nocturna y directa, esa en la que la voz se desliza entre el deseo y el vértigo emocional, y “FM” fue uno de los momentos más famosos de la noche: una canción que suena a coco, a neón ya rave improvisada, ideal para levantar manos y camas a la vez.
El cierre quedó reservado para “Otro Big Bang”, que en vivo funciona como auténtica explosión final. Es el tema que mejor resume el ideario de Siempre Tigre: fiesta, actitud, sentido del humor y un buen rollo que no está reñido con la contundencia. La banda expresó la canción hasta el último acorde, alargando cánticos y dejando que el público se quedara con la sensación de estar dentro de algo más grande que un simple final de concierto.
Al terminar la noche, la Sala Stereo volvió a ser lo que siempre ha sido: un refugio para bandas que quieren crecer y para un público que busca seguir descubriendo proyectos con personalidad. Martiz confirmó que su nueva etapa, más cruda y rockera, tiene en el directo su mejor escaparate, incluido cuando la técnica pone obstáculos. Siempre Tigre demostraron que su propuesta de rock moderno, estribillos potentes y estética propia función a la perfección sobre un escenario. Dos bandas locales, una sala histórica y una noche de esas que recordaron por qué salas como Stereo siguen siendo imprescindibles en el mapa musical de Alicante.
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.
PRÓXIMAMENTE EN STEREO ALICANTE...
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