Hay conciertos que se recuerdan por una canción, otros por un momento concreto y algunos porque consiguen transformar un recinto entero en un lugar donde durante unas horas todo gira alrededor de la música. Eso fue exactamente lo que sucedió en Área 12. Mucho antes de que se abrieran las puertas, cuando el reloj aún no había alcanzado las ocho de la tarde, ya se intuía que Alicante estaba ante una de esas citas marcadas en rojo por los amantes del rock.
Ni el intenso calor que castigó la ciudad durante toda la jornada fue capaz de rebajar el entusiasmo de un público que aguardaba pacientemente el acceso al recinto. Camisetas de viejas giras, vinilos convertidos en tema de conversación y muchas ganas de reencontrarse con una de las bandas más importantes del rock americano de las últimas décadas dibujaban un ambiente que recordaba a las grandes ocasiones. Aquello no era un concierto más dentro de la programación estival de Área 12; era una auténtica reunión de aficionados al rock en todas sus vertientes.
Ni el intenso calor que castigó la ciudad durante toda la jornada fue capaz de rebajar el entusiasmo de un público que aguardaba pacientemente el acceso al recinto. Camisetas de viejas giras, vinilos convertidos en tema de conversación y muchas ganas de reencontrarse con una de las bandas más importantes del rock americano de las últimas décadas dibujaban un ambiente que recordaba a las grandes ocasiones. Aquello no era un concierto más dentro de la programación estival de Área 12; era una auténtica reunión de aficionados al rock en todas sus vertientes.
La responsabilidad de inaugurar la velada recayó sobre Los Enemigos, y los madrileños demostraron una vez más por qué siguen siendo una referencia imprescindible del rock nacional. Sin necesidad de artificios ni concesiones, la formación liderada por Josele Santiago salió decidida a hacer lo que mejor sabe: tocar rock con honestidad, personalidad y una contundencia que el paso del tiempo no ha conseguido desgastar. El repertorio alternó clásicos de su trayectoria con alguna mirada al presente, celebrando además sus cuatro décadas de historia sobre los escenarios.
El repertorio de Los Enemigos fue un recorrido por buena parte de una discografía imprescindible dentro del rock español. No faltaron clásicos tan celebrados como "John Wayne", "Me sobra carnaval", "Brindis", "Septiembre", "Desde el jergón", "La cuenta atrás", "Siete mil canciones" o el siempre esperado "Paracaídas", además de sorprender con "Canciones chulas", adelanto de su próximo trabajo, y una vibrante revisión de "Señora", el inolvidable tema de Joan Manuel Serrat, recibida con una calurosa respuesta por parte del público.
El repertorio de Los Enemigos fue un recorrido por buena parte de una discografía imprescindible dentro del rock español. No faltaron clásicos tan celebrados como "John Wayne", "Me sobra carnaval", "Brindis", "Septiembre", "Desde el jergón", "La cuenta atrás", "Siete mil canciones" o el siempre esperado "Paracaídas", además de sorprender con "Canciones chulas", adelanto de su próximo trabajo, y una vibrante revisión de "Señora", el inolvidable tema de Joan Manuel Serrat, recibida con una calurosa respuesta por parte del público.
Para quienes seguimos su carrera desde hace años resultó inevitable recordar aquella actuación dominical en el Castillo de Santa Bárbara. Apenas unos días después llegaría el anuncio de un parón motivado por los problemas de salud de Josele. Verlos ahora nuevamente sobre un escenario alicantino, con la misma complicidad entre sus componentes y conservando intacto ese carácter indomable que siempre los ha definido, tuvo un significado especial. La ovación con la que el público despidió su actuación fue el mejor reconocimiento a una banda que nunca ha necesitado adornos para convencer.
Tras el cambio de escenario llegó el momento más esperado de la noche. Un enorme telón presidido por el nombre de The Black Crowes y la imagen de dos cuervos dominaba el fondo del escenario. No hacían falta pantallas gigantes ni espectáculos visuales desmesurados. Todo invitaba a pensar que la música iba a ser la verdadera protagonista.
Y así fue.
La salida de los hermanos Robinson fue recibida con una ovación de las que impresionan incluso antes de sonar la primera nota. Había expectación, pero también respeto hacia una formación que ha escrito algunas de las páginas más importantes del rock de raíces de las últimas décadas. Bastaron unos compases de "Remedy" para comprobar que aquello iba muy en serio. Desde ese instante quedó claro que The Black Crowes no habían viajado hasta Alicante para cumplir expediente. Venían con la intención de dejar huella.
Esa fue probablemente la sensación que mejor definió todo el concierto.
Muchas bandas legendarias viven de su pasado. The Black Crowes, en cambio, siguen defendiendo su repertorio con una implicación admirable. Chris Robinson se mostró durante toda la actuación como un auténtico animal escénico. Recorrió el escenario sin descanso, jugó constantemente con el pie de micrófono, bailó, gesticuló y mantuvo un contacto permanente con el público, mientras Rich Robinson volvía a demostrar que continúa siendo uno de los guitarristas con más personalidad del rock contemporáneo.
El sonido acompañó desde el primer minuto. Limpio, potente y perfectamente equilibrado, permitió apreciar todos los matices de una banda que funciona como una maquinaria perfectamente engrasada. El trabajo de las guitarras encontraba un apoyo fundamental en unos teclados cargados de sabor sureño, una base rítmica sólida y unas coristas que aportaban ese inconfundible aroma soul y góspel que forma parte de la identidad sonora del grupo.
Y así fue.
La salida de los hermanos Robinson fue recibida con una ovación de las que impresionan incluso antes de sonar la primera nota. Había expectación, pero también respeto hacia una formación que ha escrito algunas de las páginas más importantes del rock de raíces de las últimas décadas. Bastaron unos compases de "Remedy" para comprobar que aquello iba muy en serio. Desde ese instante quedó claro que The Black Crowes no habían viajado hasta Alicante para cumplir expediente. Venían con la intención de dejar huella.
Esa fue probablemente la sensación que mejor definió todo el concierto.
Muchas bandas legendarias viven de su pasado. The Black Crowes, en cambio, siguen defendiendo su repertorio con una implicación admirable. Chris Robinson se mostró durante toda la actuación como un auténtico animal escénico. Recorrió el escenario sin descanso, jugó constantemente con el pie de micrófono, bailó, gesticuló y mantuvo un contacto permanente con el público, mientras Rich Robinson volvía a demostrar que continúa siendo uno de los guitarristas con más personalidad del rock contemporáneo.
El sonido acompañó desde el primer minuto. Limpio, potente y perfectamente equilibrado, permitió apreciar todos los matices de una banda que funciona como una maquinaria perfectamente engrasada. El trabajo de las guitarras encontraba un apoyo fundamental en unos teclados cargados de sabor sureño, una base rítmica sólida y unas coristas que aportaban ese inconfundible aroma soul y góspel que forma parte de la identidad sonora del grupo.
La puesta en escena también ayudó a crear la atmósfera adecuada. Sin excesos tecnológicos, la iluminación jugó con tonalidades rojizas, púrpuras y blancas que envolvían el escenario entre humo y claroscuros, otorgando todo el protagonismo a los músicos. Era un espectáculo elegante, sobrio y tremendamente eficaz.
El repertorio fue un magnífico recorrido por distintas etapas de su carrera. Himnos incontestables como "Jealous Again", "Sting Me", "Hotel Illness", "Hard to Handle", "She Talks to Angels", "Twice As Hard" o "Thorn in My Pride" convivieron con composiciones más recientes como "It's Like That" o "Wanting and Waiting", demostrando que la banda sigue mirando hacia delante sin renunciar a un legado extraordinario.
El repertorio fue un magnífico recorrido por distintas etapas de su carrera. Himnos incontestables como "Jealous Again", "Sting Me", "Hotel Illness", "Hard to Handle", "She Talks to Angels", "Twice As Hard" o "Thorn in My Pride" convivieron con composiciones más recientes como "It's Like That" o "Wanting and Waiting", demostrando que la banda sigue mirando hacia delante sin renunciar a un legado extraordinario.
Hubo momentos especialmente inspirados. La intensidad emocional de "She Talks to Angels", la energía contagiosa de "Hard to Handle", la profundidad instrumental de "Wiser Time" o las largas improvisaciones de "Thorn in My Pride" recordaron por qué The Black Crowes siempre han entendido el rock como un lenguaje vivo, abierto a la improvisación y a la emoción del directo.
Uno de los gestos más celebrados de la noche llegó cuando Chris Robinson apareció luciendo una camiseta blanca con la inscripción "I Love Alicante". Un detalle sencillo, pero suficiente para provocar una nueva ovación y reforzar esa cercanía que la banda transmitió durante toda la actuación. No eran palabras de compromiso; eran músicos disfrutando realmente de lo que estaba ocurriendo sobre el escenario y delante de él.
Uno de los gestos más celebrados de la noche llegó cuando Chris Robinson apareció luciendo una camiseta blanca con la inscripción "I Love Alicante". Un detalle sencillo, pero suficiente para provocar una nueva ovación y reforzar esa cercanía que la banda transmitió durante toda la actuación. No eran palabras de compromiso; eran músicos disfrutando realmente de lo que estaba ocurriendo sobre el escenario y delante de él.
La comunión quedó definitivamente sellada durante el bis. Después de los agradecimientos y de las palabras dirigidas al público alicantino, el grupo sorprendió con una explosiva versión de "Riff Raff" de AC/DC, cerrando una actuación vibrante que dejó a miles de personas con la sensación de haber asistido a uno de esos conciertos que permanecen durante mucho tiempo en la memoria.
Cuando parecía que la noche había llegado a su fin, aún quedaba un último capítulo.
Cuando parecía que la noche había llegado a su fin, aún quedaba un último capítulo.
En la zona gastro de Área 12 esperaba Empty Bottles, encargados de demostrar que el rock no entiende de relojes y demostraron por qué es una de las bandas más sólidas de la escena rock alicantina. Su repertorio, impregnado de blues clásico, rock sureño y soul, volvió a poner en valor un recorrido discográfico construido con personalidad en trabajos como Gimme Back My Mojo, Navajo Motel o Love, Peace and Chicken Grease. Con un directo enérgico, repleto de oficio y excelentes músicos, consiguieron reunir a un buen número de asistentes que aún tenían ganas de seguir disfrutando de guitarras, cerveza y auténtico rock and roll, poniendo el broche perfecto a una velada difícil de olvidar.
Mientras las conversaciones giraban inevitablemente alrededor del extraordinario concierto de The Black Crowes, las guitarras de Empty Bottles siguieron sonando entre cervezas, brindis y sonrisas, prolongando durante un buen rato ese ambiente que solo las grandes noches consiguen crear.
Porque eso fue, precisamente, lo que se vivió en Área 12.
Una noche en la que Los Enemigos recordaron que el rock español continúa teniendo guardianes de enorme categoría; The Black Crowes demostraron que las leyendas no se mantienen vivas únicamente por su historia, sino por la pasión con la que siguen defendiendo cada concierto; y Empty Bottles pusieron el broche perfecto a una velada que comenzó con el sol cayendo sobre Alicante y terminó con el blues sonando mientras el público se resistía a marcharse.
Área 12 volvió a convertirse en punto de encuentro para varias generaciones de aficionados. Y cuando eso ocurre, cuando tres bandas tan diferentes consiguen formar parte de un mismo relato, uno comprende que no ha asistido únicamente a una sucesión de conciertos, sino a una auténtica celebración de la música en directo. Creo, sinceramente, que fue una de esas noches que permanecerán durante mucho tiempo en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirla.
Porque eso fue, precisamente, lo que se vivió en Área 12.
Una noche en la que Los Enemigos recordaron que el rock español continúa teniendo guardianes de enorme categoría; The Black Crowes demostraron que las leyendas no se mantienen vivas únicamente por su historia, sino por la pasión con la que siguen defendiendo cada concierto; y Empty Bottles pusieron el broche perfecto a una velada que comenzó con el sol cayendo sobre Alicante y terminó con el blues sonando mientras el público se resistía a marcharse.
Área 12 volvió a convertirse en punto de encuentro para varias generaciones de aficionados. Y cuando eso ocurre, cuando tres bandas tan diferentes consiguen formar parte de un mismo relato, uno comprende que no ha asistido únicamente a una sucesión de conciertos, sino a una auténtica celebración de la música en directo. Creo, sinceramente, que fue una de esas noches que permanecerán durante mucho tiempo en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirla.
Un reportaje de Loles Ureña y Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.
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