Después del éxito del primer día, el sábado 27 llegaba el día grande del Visor Fest con la atmósfera cargada de expectativas, el público ya más suelto, los accesos más ágiles y el recinto Marina Norte luciendo pleno bajo el sol valenciano; se respiraba un gran ambiente, con muchas caras conocidas de ediciones anteriores, camisetas de bandas míticas, conversaciones cruzadas sobre discos, conciertos pasados y ese deseo común de revivir los años dorados del indie, el britpop y el post-punk; ya desde primera hora de la tarde podía notarse un aumento considerable de público respecto al viernes.
Un flujo constante de asistentes que confirmaba que la jornada del sábado iba a ser la más potente del festival, y todo esto reforzado por una fórmula que ya es marca de la casa: un solo escenario, sin solapamientos, con tiempos de descanso bien medidos entre conciertos, lo que permitía entregarse de lleno a cada banda, sin carreras, sin prisas, sin perderse nada.
Un flujo constante de asistentes que confirmaba que la jornada del sábado iba a ser la más potente del festival, y todo esto reforzado por una fórmula que ya es marca de la casa: un solo escenario, sin solapamientos, con tiempos de descanso bien medidos entre conciertos, lo que permitía entregarse de lleno a cada banda, sin carreras, sin prisas, sin perderse nada.
Los encargados de abrir la segunda jornada fueron Chucho, veteranos de nuestra escena independiente y herederos del legado de Surfin’ Bichos, que salieron al escenario con esa mezcla de modestia y contundencia que les caracteriza. Sus guitarras, aparentemente sencillas, desplegaron una calidez inmediata que no tardó en envolver al público en una especie de reconfortante melancolía, con letras que arañan desde dentro y melodías que se cuelan como un recuerdo familiar.
Chucho desplegó su repertorio con una selección de temas que abarcó lo mejor de su carrera, ofreciendo al público una experiencia sonora que combinó nostalgia y frescura. Sonaron canciones como "El detonador EMX-3", "Un ángel turbio", "Abre todas las ventanas", "La mente del monstruo" e I"nés Groizard", piezas que representan a la perfección ese estilo único de la banda, con guitarras sencillas pero cargadas de emoción y letras que calan hondo. Cada canción fue recibida con atención y calidez por parte del público, quienes se dejaron envolver por esa atmósfera íntima y vibrante que Chucho supo crear desde el primer acorde.
Chucho desplegó su repertorio con una selección de temas que abarcó lo mejor de su carrera, ofreciendo al público una experiencia sonora que combinó nostalgia y frescura. Sonaron canciones como "El detonador EMX-3", "Un ángel turbio", "Abre todas las ventanas", "La mente del monstruo" e I"nés Groizard", piezas que representan a la perfección ese estilo único de la banda, con guitarras sencillas pero cargadas de emoción y letras que calan hondo. Cada canción fue recibida con atención y calidez por parte del público, quienes se dejaron envolver por esa atmósfera íntima y vibrante que Chucho supo crear desde el primer acorde.
Los temas sonaron con ese equilibrio tan suyo entre la dulzura y la acidez, entre el amor y el desencanto, dejando claro que lo suyo no es la pose, sino la autenticidad. Aunque el sol aún marcaba fuerte y buena parte del público seguía llegando, los que ya estaban frente al escenario supieron apreciar una actuación íntima y honesta, sin estridencias pero con ese poso emocional que se queda. Fue un arranque de jornada elegante, casi ceremonioso, como una bienvenida susurrada que marcó una transición suave entre la resaca emocional del viernes y la intensidad que aún quedaba por desplegarse. Chucho no necesitó levantar la voz para hacerse notar, bastó con dejar hablar a las canciones.
Con la puesta de sol sobre el cielo de Valencia, Echobelly tomó el escenario con una mezcla de elegancia y actitud que solo da la experiencia. Celebrando más de tres décadas desde su debut, la banda londinense liderada por Sonya Aurora Madan demostró que el tiempo no ha borrado ni un ápice de su personalidad. Su presencia escénica sigue siendo magnética, y aunque hubo momentos en los que la voz parecía rozar cierta fragilidad, lo compensaba con una entrega sincera y una conexión casi inmediata con el público.
Sonaron clásicos como "Great Things" y "King of the Kerb", que desataron vítores entre los fans más fieles, y no faltaron guiños al britpop más reivindicativo, ese que siempre supieron llevar con una identidad propia, marcada por una mirada femenina y una sensibilidad afilada.
El sonido fue limpio, quizás algo contenido por momentos, pero sin perder esa esencia luminosa y melancólica que define a la banda. En un festival donde la nostalgia es una aliada más, Echobelly supo colocarse justo en ese punto en el que memoria y emoción se encuentran para cantar a coro. Un concierto que, sin ser arrollador, dejó una estela clara: hay canciones que siguen teniendo cosas que decir, aunque hayan pasado treinta años.
Sonaron clásicos como "Great Things" y "King of the Kerb", que desataron vítores entre los fans más fieles, y no faltaron guiños al britpop más reivindicativo, ese que siempre supieron llevar con una identidad propia, marcada por una mirada femenina y una sensibilidad afilada.
El sonido fue limpio, quizás algo contenido por momentos, pero sin perder esa esencia luminosa y melancólica que define a la banda. En un festival donde la nostalgia es una aliada más, Echobelly supo colocarse justo en ese punto en el que memoria y emoción se encuentran para cantar a coro. Un concierto que, sin ser arrollador, dejó una estela clara: hay canciones que siguen teniendo cosas que decir, aunque hayan pasado treinta años.
El ambiente cambió con la llegada de The Lemonheads y el siempre imprevisible Evan Dando, figura clave del indie noventero, tanto por sus himnos generacionales como por su leyenda personal, marcada por la genialidad y el caos.
Desde el primer acorde, se notó que sería un concierto distinto: menos pulido, más visceral, a ratos incluso desordenado, como si el propio Dando estuviera navegando entre la lucidez creativa y la dispersión emocional.
Hubo momentos brillantes, en los que su voz rasgada encajaba a la perfección con esa melancolía grunge que tantos recordamos, pero también hubo espacios vacíos, silencios que parecían fuera de guion, fragmentos que rozaban la apatía o el desconcierto, mucho acústico y poca electricidad.
El sonido tuvo altibajos, con una guitarra que por momentos se perdía en la mezcla y, sin embargo, cuando sonó “The Outdoor Type” o su versión de “Reason to Believe”, la conexión con el público fue real y profunda. A su manera, Dando ofreció una actuación honesta, incluso si fue irregular, no buscó agradar, sino simplemente estar ahí, como un eco de otra época que se resiste a ser solo recuerdo.
Muchos salieron con sensaciones encontradas, pero nadie quedó indiferente, algún pito, algún gesto queriendo decir... "esto era de esperar" algún gesto incluso de admiración. Quizás eso también sea parte del encanto de una banda como The Lemonheads, que no vienen a repetir la historia, sino a mostrarla tal como es, sin filtros.
Desde el primer acorde, se notó que sería un concierto distinto: menos pulido, más visceral, a ratos incluso desordenado, como si el propio Dando estuviera navegando entre la lucidez creativa y la dispersión emocional.
Hubo momentos brillantes, en los que su voz rasgada encajaba a la perfección con esa melancolía grunge que tantos recordamos, pero también hubo espacios vacíos, silencios que parecían fuera de guion, fragmentos que rozaban la apatía o el desconcierto, mucho acústico y poca electricidad.
El sonido tuvo altibajos, con una guitarra que por momentos se perdía en la mezcla y, sin embargo, cuando sonó “The Outdoor Type” o su versión de “Reason to Believe”, la conexión con el público fue real y profunda. A su manera, Dando ofreció una actuación honesta, incluso si fue irregular, no buscó agradar, sino simplemente estar ahí, como un eco de otra época que se resiste a ser solo recuerdo.
Muchos salieron con sensaciones encontradas, pero nadie quedó indiferente, algún pito, algún gesto queriendo decir... "esto era de esperar" algún gesto incluso de admiración. Quizás eso también sea parte del encanto de una banda como The Lemonheads, que no vienen a repetir la historia, sino a mostrarla tal como es, sin filtros.
Para cerrar la segunda jornada, Peter Hook & The Light se encargaron de poner el broche final con una actuación que fue más que un simple concierto, un verdadero homenaje a la historia del post-punk y el new wave, con el bajista legendario liderando el espectáculo con una presencia imponente y una energía que contagió a un público entregado. Hook, conocido por su rol fundamental en Joy Division y New Order, desplegó su característico estilo de bajo melódico y envolvente, guiando a la banda a través de un repertorio cargado de himnos que siguen resonando con fuerza décadas después.
El set de Peter Hook & The Light fue un viaje directo al corazón de dos de las bandas más influyentes del post-punk y el synth-pop, y lo fue no solo por la presencia imponente de Hook a la voz, sino por un repertorio que golpeó en la memoria colectiva del público con la precisión de un latigazo emocional.
Sonaron himnos imperecederos como "Shadowplay", "Transmission" o "Atmosphere", que mantuvieron vivo el espíritu de Joy Division con respeto y fuerza, para luego dar paso al bloque de New Order, donde el baile y la euforia se apoderaron del recinto con "True Faith", "Temptation" y, por supuesto, "Blue Monday", que convirtió Marina Norte en una pista de baile colectiva, con cada golpe de caja electrónica marcando el pulso de una generación.
El set de Peter Hook & The Light fue un viaje directo al corazón de dos de las bandas más influyentes del post-punk y el synth-pop, y lo fue no solo por la presencia imponente de Hook a la voz, sino por un repertorio que golpeó en la memoria colectiva del público con la precisión de un latigazo emocional.
Sonaron himnos imperecederos como "Shadowplay", "Transmission" o "Atmosphere", que mantuvieron vivo el espíritu de Joy Division con respeto y fuerza, para luego dar paso al bloque de New Order, donde el baile y la euforia se apoderaron del recinto con "True Faith", "Temptation" y, por supuesto, "Blue Monday", que convirtió Marina Norte en una pista de baile colectiva, con cada golpe de caja electrónica marcando el pulso de una generación.
Cuando las luces se apagaron y el eco del último bajo de Peter Hook se disipó en la brisa del puerto, quedó flotando en el aire una sensación difícil de atrapar con palabras. El Visor Fest, más que un festival, volvió a sentirse como un reencuentro generacional, una celebración del tiempo que no pasa en vano, sino que se acumula en canciones, en letras que aún nos dicen cosas, en melodías que siguen sabiendo dónde tocar.
No podemos cerrar esta crónica sin mencionar a los cuatro DJs que, durante ambas jornadas, mantuvieron la energía a flor de piel entre concierto y concierto. Javier Santos, Juan Vitoria, Alesa DJ y Fri Britny DJ se encargaron de que no hubiera silencios incómodos ni bajones entre bandas, y sus sets no fueron meros rellenos, fueron sesiones perfectamente elegidas que supieron leer al público y mantener el hilo emocional del festival sin que decayera ni un segundo.
Con selecciones que iban del post-punk al indie más bailable, del new wave clásico a joyas menos evidentes pero igual de celebradas, lograron convertir cada cambio de banda en una nueva oportunidad para disfrutar, descubrir o simplemente seguir bailando con una cerveza en la mano y una sonrisa en la cara. Fueron parte fundamental de ese hilo invisible que unió todos los momentos del Visor Fest.
No podemos cerrar esta crónica sin mencionar a los cuatro DJs que, durante ambas jornadas, mantuvieron la energía a flor de piel entre concierto y concierto. Javier Santos, Juan Vitoria, Alesa DJ y Fri Britny DJ se encargaron de que no hubiera silencios incómodos ni bajones entre bandas, y sus sets no fueron meros rellenos, fueron sesiones perfectamente elegidas que supieron leer al público y mantener el hilo emocional del festival sin que decayera ni un segundo.
Con selecciones que iban del post-punk al indie más bailable, del new wave clásico a joyas menos evidentes pero igual de celebradas, lograron convertir cada cambio de banda en una nueva oportunidad para disfrutar, descubrir o simplemente seguir bailando con una cerveza en la mano y una sonrisa en la cara. Fueron parte fundamental de ese hilo invisible que unió todos los momentos del Visor Fest.
Valencia ofreció el escenario perfecto: luz, mar, memoria y una organización que entendió que menos es más cuando lo que importa está sobre el escenario. No hubo prisas, no hubo ruido de más, solo la música y quienes la aman. Porque al final, en un tiempo en que todo parece ir demasiado rápido, el Visor Fest nos regaló algo simple y valioso: parar, mirar atrás con cariño, cantar juntos, y recordar por qué seguimos volviendo a estas canciones una y otra vez.
Asistir al Visor Fest se convierte, cada año, en una especie de trabajo de campo emocional, una forma de documentar casi como si uno estuviera escribiendo la última página de un libro que no quiere cerrar la historia viva de bandas que, en muchos casos, puede que no volvamos a ver sobre un escenario. Y eso lo transforma todo. Deja de ser solo un festival para convertirse en una experiencia didáctica, de esas que no abundan durante el año, salvo en contadas excepciones.
Se nota en el respeto del público, en los ojos de quienes corean letras con décadas de peso, pero también en los gestos de los propios organizadores, conscientes de que están sosteniendo algo frágil, valioso y profundamente auténtico. Hay emoción, sí. Pero también gratitud por seguir teniendo estos espacios donde la música no solo se escucha, sino que se honra.
Asistir al Visor Fest se convierte, cada año, en una especie de trabajo de campo emocional, una forma de documentar casi como si uno estuviera escribiendo la última página de un libro que no quiere cerrar la historia viva de bandas que, en muchos casos, puede que no volvamos a ver sobre un escenario. Y eso lo transforma todo. Deja de ser solo un festival para convertirse en una experiencia didáctica, de esas que no abundan durante el año, salvo en contadas excepciones.
Se nota en el respeto del público, en los ojos de quienes corean letras con décadas de peso, pero también en los gestos de los propios organizadores, conscientes de que están sosteniendo algo frágil, valioso y profundamente auténtico. Hay emoción, sí. Pero también gratitud por seguir teniendo estos espacios donde la música no solo se escucha, sino que se honra.
Un reportaje de Juan Carlos Puig-Seven Music Magazine.



